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Film / TV Perspectives

“The Umbrella Academy” es tan adictiva como cíclica

The Umbrella Academy. Imagen: Netflix
Words Homero Ramírez

Advertencia: este artículo contiene detalles de la primera temporada de The Umbrella Academy, por ende se recomienda haber visto los diez capítulos antes de leerlo.

Terminé The Umbrella Academy y me tardé un par de tardes en digerir la primera temporada de la serie basada en los cómics de Gerard Way y Gabriel Bá que dice adiós con un apocalipsis que destruye el planeta y exime del anunciado fin a los hermanos.

Pensé en todos los chicos especiales — que conocemos, porque eran 43 — que nacieron el mismo 1° de octubre de 1989 de embarazos inexistentes hasta prácticamente el momento de su concepción. En Number One y en Number Three. O Luther y Allison, que son cómplices y el primero entre sus seres queridos para cada uno. En todo lo que les tocó vivir: a él, un confinamiento en la luna luego de ser convertido en mono cuando era el último de los fieles al estricto padre que se aferraba a las misiones para salvar el mundo; a ella, el rechazo de su familia por el uso de sus poderes en el lugar no indicado, y luego la pérdida de la misma.

Pensé en Number Four y Number Six. En Klaus y Ben y en su diario vivir. Claro está, uno vivo y el otro no, pero entrelazados: el primero, convirtiendo su tormento por su capacidad de ver a quienes partieron — combinado con el abuso de drogas que le alejan de la muerte — en una sacada de quicio a los encargados de sacar de quicio (y, así, comprarse tiempo de vida que, al ir al pasado, le valió conocer al que cree su verdadero amor); el segundo, descubriendo sus habilidades post-mortem e incidiendo en que el resto de los Hargreeves se mantuviesen con vida. Encima Cuatro es Robert Sheehan con diez años más de esa irreverencia marcada que entre sarcasmos e hiperactividad lo hizo resaltar en el amanecer de la explosiva Misfits (2009) como Nathan.

Recordé a Number Five y en su incansable búsqueda. Es que sin importar la época, el personaje encarnado por Aidan Gallagher tiene una misión bien marcada en la cabeza o prioridades que lo mantienen inquieto-adicto al café. Que le toca salvar el mundo evitando el apocalipsis. Que trabaja en la Comisión y por eso debe matar a quien se le sea asignado y por ende es un reconocido asesino a sueldo — con códigos intransables —. Que se enamora de un maniquí y lo supera. Que envejece. Que rompe con el orden en el mundo.

Tampoco olvido a Number Two. Diego es un as con los cuchillos y así se las arregla para jugar a los policías y mantenerse cerca del amor que tan pronto como nace para explicarse, muere para hacer fluir la furia en su interior.

Menos a Vanya, que sin enterarse surge como el antagonista que desbanca a la fallecida The Handler. Number Seven (Ellen Page) es The White Violin, el arma que destruye todo a su paso e incluso genera un haz de luz que en segundos acaba con la Tierra con la luna como ejecutora. Todo después de vivir pidiendo perdón, dejada de lado y drogada en pastillas recetadas para controlar su poder. E, imposible de dejar de lado, medio que enamorada de un asesino convicto que está obsesionado con la Academia.

El que los reunió a todos fue Reginald. Hubo dinero de por medio. Y un suicidio pensado en otra reunión. Su asistente número uno murió empalado por esconder secretos tantos años. Y la madre (robot) se fue dos veces que rompieron a Diego. Todavía nos faltó saber más de su pasado, o de la Comisión que mueve los hilos de los hitos entre máquinas de escribir, mas requiere de otros agentes y liderazgos.

Y como The Boy expandió las fronteras de sus virtudes, no sabemos dónde están los sobrevivientes (¡ni Agnes y Hazel!) ni mucho menos en qué año. Sí quedan miles de sensaciones en el aire, como la fragilidad que en la ciencia ficción tienen los que están por debajo de la trama principal y que la reconstrucción de la historia, o el reparo de la misma, depende de una sincronización que hasta aquí no fue tal. Y que entonces se trata de un producto cíclico que añade la supeditación de los destinos.

Dudas no hay al afirmar que la cuenta regresiva es adictiva si pasas del piloto que no te atrapa casi, que no hay límites en lo oscilante que puede tornarse (¡si hasta un día no es y después es!) porque hay cómics publicados que todavía no se desarrollaron en televisión y otros en camino, trazando así — y con su popularidad —los planes para otro par de temporadas, y que la musicalización es selecta. Sin ir más allá: Don’t Stop Me Now de Queen; 1999 de Prince; Stay With Me de Sam Smith; Happy Together de The Turtles; Blitzkrieg Bop de Ramones; I’m Not Okay de My Chemical Romance, cómo no; Mad About You de Hoovephonic; Soul Kitchen de The Doors; Exit Music (For A Film) de Radiohead, y Sinnerman de Nina Simone.

Véanla todos — está completa en Netflix — y jueguen con el reloj.

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