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Ayy, close that door, we blowin' smoke
Perspectives Pride

Siempre es mejor odiar

Fotografía: Newsweek
Words Dano Mozó

Ya no es una gran conclusión reconocer que el flujo actual de información en este mundo hiperconectado ha generado una mutación de la sociedad. La presencia virtual a la que tenemos acceso nos ha permitido emitir libremente nuestras opiniones, pero también dejar en evidencia la nueva forma en que la gran masa se expresa.

De esto se han apropiado todas las instituciones que participan en el intercambio social, desde el retail que puede entender los gustos de la población para elaborar una estrategia comercial, a los extremos políticos o religiosos que pueden descubrir los vacíos de la opinión generalizada para insertar la ideología mediante un argumento que se encontraba carente y con la que algún simpatizante se podría sentir identificado. Esto es porque los poderes se han dado cuenta de que lo que suponían era cierto: la mayoría de la gente no quiere pensar más allá de lo impuesto.

Fotografía: Martin Parr

Lo que detona esta opinión, es la repudiada aparición pública de un autodenominado Pastor evangélico en un programa de televisión de Chile, quién luego de rezar al principio de la emisión, saca una bandera arcoíris, la deja en el suelo y la pisa, promoviendo el discurso moralista “anti-gay” en favor de la familia tradicional reconocida por su Dios. Es un persistente discurso de intolerancia que no es para nada nuevo, y cuyo adoctrinamiento se basa en el recurso del pecado como amenaza ante la salvación, lo más temido de la fe cristiana.

El problema no es la fe personal, cuestión en la que nadie debería meterse. Con eso hay que ser tolerante. El problema es cuando aparecen estos personajes/instituciones/ideologías que se aprovechan de una situación espiritual vulnerable para promover un discurso de odio y violencia, quienes además saben que tendrá una gran convocatoria porque, como dijimos anteriormente, la gran mayoría de la población va a absorber lo dicho como un hecho, porque solo hace falta una mínima empatía para crear una verdad absoluta.

La intolerancia es la heroína de los perezosos mentales, porque es tan fácil de adoptar como recibir información sin investigar.

El que quiere creer que un mapuche provocó un incendio porque no le gustan los mapuches, lo va a creer y compartirá en Facebook un pantallazo de un WhatsApp infundado y alimentará el odio de los que lo siguen, como pasó en el último verano cuando se quemó gran parte de la zona central de Chile. El que cree que la inmigración es el problema por el cual un país ha dejado de ser grande, irrigará las redes sociales de una campaña vacía y votará por el tipo que le asegure la anhelada prosperidad, porque probablemente aún no entienda la diferencia que hay entre un musulmán y un terrorista, y así es como aparece Trump. O incluso el que esté a favor de un régimen totalitario va a perder la sensibilidad con sus hermanos cuando la violencia se convierte en el motor de la sociedad del odio y puede avalar y celebrar frases emitidas por el estado como “al Guaire lo que es del Guaire”, como cuando en Venezuela los opositores se tuvieron que lanzar al río para salvarse de la represión.

La intolerancia es producto del odio, y los líderes no son gratuitos. Si un día a un individuo se le ocurrió armar un movimiento con un fin X, el punto no es el ser en cuestión, sino que el real asunto es el espacio que la sociedad le da a este individuo para llevar adelante su idea, y más atrás de eso, es en qué se basa la sociedad para apoyar esta causa.

Fotografía: Martin Parr

¿Se habrá dado cuenta este Pastor que realizó esta irrespetuosa acción en el programa antes mencionado, que la bandera era del Cuzco y no el estandarte LGBT+? Obvio que no. ¿Hasta donde llega el gusto por profesar una ideología sin una mayor investigación ni base más contundente? Y luego de esto, ¿es acaso el trolleo, el escarnio contemporáneo, la real solución a las consecuencias de la intolerancia?

Nuestra sociedad ya cuenta con suficiente odio como para seguir permitiendo que la irrupción de falsos líderes y profetas contemporáneos generen distancia entre nosotros, aprovechándose de la comodidad de una audiencia pasiva. Mientras no tengamos la voluntad de querer informarnos seriamente, no podremos entender que existen diferencias que hacen, finalmente, la base de la convergencia.

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