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Perspectives

¿Se puede separar al arte del artista?

Leaving Neverland. Imagen: Sundance Film Festival
Words Mirangie Alayon

Durante muchos años el público en general simplemente daba como un hecho inevitable que algunos grandes artistas a veces actuaban como monstruos: Roman Polanski sodomizó a una menor; R. Kelly fue filmado teniendo sexo y orinando en una; John Lennon golpeaba a su esposa mientras era tratado como un Dios en The Beatles; Alfred Hitchcock abusaba de Tippi Hedren; Woody Allen había sido acusado de abusar de su hija… la lista es larga y conocida por todos. Sin embargo, nada de eso los descalificaba.

Estos genios artísticos, ocasionalmente criminales (y en su mayoría eran hombres) ​​ganaron premios, encabezaron festivales, asumieron cargos en la cultura, y siempre fueron referentes. De vez en cuando había disidentes, pero estaban en la vasta minoría y, a menudo, eran descartados como gente amargada, feministas extremas o envidiosos de oficio. Así funcionaron las cosas por un buen tiempo, así era el status quo.

Hasta que de un tiempo para acá, la marea comenzó a cambiar: ahora Bill Cosby está en la cárcel por drogar y violar a decenas de mujeres, y el ex productor Harvey Weinstein está a punto de entrar a juicio por abusar de su poder con decenas (quizás cientos) de actrices, a quienes les pedía un poco de sexo a cambio de una fulgurante carrera. Hoy en día, florecientes carreras pueden ser eliminadas por completo si hay pruebas sólidas de actividad criminal impune: el cineasta Nate Parker, director de The Birth of a Nation, y la banda de rock indie PWR BTTM, ambos acusados ​​de agresión sexual antes del lanzamiento de proyectos de alto perfil, son dos ejemplos recientes.

Ahora, decenas de artistas que alguna vez fueron amados y en su mayoría no cuestionados, como R. Kelly y Polanski, han sido sometidos a un renovado escrutinio de los eventos que durante mucho tiempo se consideraron irrelevantes ante sus excelentes tracks o películas. Así, el debate eterno surge una vez más: ¿se puede separar el arte del artista? ¿Se debe negar el buen arte de los artistas inmorales?

Los inmunes a la controversia y los “cancelados”

Donald Trump y Kanye West- Imagen: Business Insider
Donald Trump y Kanye West. Imagen: Business Insider

Esas preguntas conforman la guerra eterna de la crítica cultural: todos (desde los acusados con pruebas hasta los que hacen un comentario lamentable en redes sociales) son llevados a juicio por una multitud de críticos, fanáticos y usuarios de Tumblr, cuyos cuestionamientos gratuitos sobre estos asuntos constituyen “el discurso”. Aunque muchos detractores afirman que cada vez que surgen acusaciones les “arruinan la vida” a estas superestrellas, lo cierto es que muchas logran mantener seguidores increíblemente leales pese a sus polémicas.

Por ejemplo, Kanye West ha hecho declaraciones cuestionables sobre Donald Trump y la historia de la esclavitud, pero eso no afecta sus ventas de YEEZY o de sus discos; el fallecido XXXTentacion se ha convertido en un mártir incomprendido del rap undergroud pese a que cuando murió había sido acusado de violencia doméstica y amenazas de muerte a su ex pareja; Morrissey sigue teniendo llenos en conciertos pese a sus lamentables declaraciones; e incluso el director Bryan Singer, acusado de abusar sexualmente de menores, fue laureado por Bohemian Rhapsody en la más reciente temporada de premios, y hasta hace poco, había sido contratado para un nuevo proyecto, la película Red Sonja.

Así que, ¿por qué hay ciertas estrellas controversiales que son inmunes a este tipo de condenas por parte del público, mientras que otros son inmediatamente “cancelados”? ¿Por qué podemos separar el arte del artista en ciertos casos, y en otros no? El mejor ejemplo es el caso reciente (aunque no tan reciente) de Michael Jackson, cuyo documental Leaving Neverland dejó a muchos preguntándose cómo nos parecía normal que un hombre treinteañero durmiera con niños pequeños. Cómo después de las acusaciones, muchos acusaban a menores de edad de gold-diggers, cuando estaban pasando por un trauma imposible de digerir.

Pero Jackson, quien fue juzgado y absuelto de múltiples cargos de abuso sexual infantil en su vida, está muerto. Ya no es posible un hallazgo en el derecho penal sobre sus acciones. Lo que Jackson todavía puede hacer, sin embargo, es continuar generando riqueza para su familia. No solo los discos que hizo continuaron vendiéndose y sonando en la radio, sino que desarrollan nuevos trabajos y nuevos productos en torno a su legado, que se vio “manchado” por el documental de acuerdo a la familia Jackson, quienes llamaron al filme “un intento escandaloso y patético de explotar y sacar provecho de Michael Jackson”.

Desde que se anunció el documental, los stans de Jackson estaban trabajando doble turno en Internet, posteando pruebas, diciéndole a quienes quisieran escuchar sobre la inocencia de su ídolo, y aprovechando para mandas un par de amenazas de muerte a James Safechuck y Wade Robson por “mentirosos”. No son los únicos; es una historia que se repite cíclicamente con cada acusación a una superestrella.

Stans vs. empatía

Leaving Neverland. Imagen: HBO
Leaving Neverland. Imagen: HBO

Esta ira de los fanáticos de Jackson (y de Woody Allen, y de todos los demás), quienes explotan apenas existe una sospecha de una acción menos que profesional, es una disonancia cognitiva para ellos, pues las acusaciones contaminan su capacidad como audiencia para disfrutar el trabajo de los acusados; hace que el consumo de arte o contenido producido por ellos persona sea más difícil y más complejo, pues el público se vuelve cómplice de ellos, y al público le molesta sentirse cómplice cuando todo lo que ha hecho es seguir disfrutando de algo que les gusta. Ellos son los que dicen que separar al arte del artista es posible.

El problema es que para otros, disfrutar del video de Thriller es imposible después de las gráficas descripciones de Safechuck y Robson; ya no importa qué tan buenas sean Annie Hall o Chinatown cuando piensan en lo que sus directores han hecho en su vida personal; y ese remix de Ignition de R. Kelly suena a inmundicia después de conocer los detalles de sus acusadoras, casi todas menores de edad.

Perder a un ídolo es una mierda. Es algo que nos enfrenta a nuestros recuerdos y nuestros principios como criticos, como fans y como seres humanos, A veces, es bueno cuestionarnos por qué nos negamos a aceptar que nuestro favorito es un tipo problemático. Y a veces, la respuesta es más simple de lo que pensamos: la cultura de la fama, de la celebridad, en donde las superestrellas terminan en un pedestal intocable, también nos ha hecho menos empáticos con quienes no están en esa misma posición privilegiada de poder, que es justamente lo que hace a estos hombres salirse con la suya, con el aplauso del público.

Lo que realmente está sucediendo es que poco a poco, una nueva sociedad nos están desafiando a escapar de estos ciclos de protección a ciegas de estos íconos y sus legados. Estaremos mucho mejor cuando nos enfrentemos a la vergüenza que sentimos cuando alguien que admiramos termina siendo alguien terrible, y poco a poco nos curemos, pero continuar en un ciclo de negación en donde barremos estos temas debajo de la alfombra no nos llevará a ninguna parte.

Quizás, la pregunta que debe salir de todo esto no es si debemos separar al arte del artista, sino una que sirve como examen de conciencia: ¿qué vale más para nosotros? ¿Defender a toda costa el arte de alguien terrible, y nuestras memorias y sentimientos asociados con ese arte, o el bienestar de otros seres humanos que han sido víctimas de una estructura de poder que busca silenciarlos?

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