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No, el feminismo con exclusión no es feminismo

La bandera trans. Fotografía: Minnesota Monthly
Words Mirangie Alayon

Desde que Simone de Beauvoir dijera a finales de los años 40 en su icónico libro Le Deuxième Sexe que nadie nace como mujer, sino que se convierte en una, han habido interpretaciones múltiples de lo que significa el género en el contexto feminista. En los últimos años, el feminismo TERF ha encontrado nueva vida después de su primer auge en los años 70, y ha fomentado un fértil terreno de reclutamiento en muchos espacios en Internet, e incluso en la academia.

A principios de este año, un artículo de La Vanguardia destacaba que aunque las personas trans han experimentado un dramático aumento de visibilidad, esta parece haber dado lugar a una creciente reacción cultural: si bien la mayor parte de esa reacción es simplemente una continuación de la guerra cultural impulsada por los conservadores, algunas “feministas” extremistas decidieron que los derechos de las personas trans es ir demasiado lejos, mientras el resto acepta a las mujeres trans como mujeres.

En la nota, entrevistaban a Lidia Falcón, presidenta y fundadora del Partido Feminista, quien ya había generado algunas polémicas en España tras criticar en un programa de televisión, la intervención de una niña transgénero en el parlamento extremeño. Según ella, “ese niño (…), inducido por una serie de lecturas, juegos y encuentros puede querer castrarse de aquí a 5 años”.

“Falcón, activista feminista desde el franquismo, ha defendido desde entonces que el género humano no existe y que estamos intrínsecamente relacionados con nuestro sexo biológico. ‘El género es un constructo creado por profesoras universitarias sectarias hace muchos años. Lo que hay es el sexo y el cuerpo. Se ha de luchar contra la marginación, opresión, explotación de la mujer que ha nacido como tal a través del feminismo’, afirma Falcón”.

Las disputas entre los dos grupos que se autodenominan feministas, han estallado en Internet y fuera de ella, y han suscitado un considerable interés incluso fuera del feminismo. Estas disputas se refieren a la situación de algunas de las mujeres más discriminadas y marginadas: las mujeres trans. En este debate, un grupo defiende a estas mujeres insistiendo en su reconocimiento como mujeres y manteniendo que el feminismo requiere luchar por sus derechos como mujeres. El otro grupo cuestiona (y a menudo niega) el reconocimiento de las mujeres trans como mujeres, oponiéndose a las reivindicaciones de las mujeres trans, en parte insistiendo en que esta oposición es de alguna manera feminista. Porque solo las mujeres cis pueden entrar en el club, ¿eh? Pregúntenle a J.K. Rowling.

TERF: the origin story

Así, tenemos el término TERF, o Trans Exclusive Radical Feminist, aka Feminista Redical Trans Exclusionaria, creado por Viv Smythe en 2008. El Feminismo Radical Trans Exclusionario se basa en la creencia de que las mujeres trans no son mujeres, o son, en el mejor de los casos, caricaturas misóginas de mujeres. A veces, el feminismo TERF también se manifiesta como un feminismo “crítico con el género” (porque consideran el acrónimo un insulto cuando en realidad es un descriptor), que sostiene que el género es un condicionamiento social y que las mujeres, como clase biológica, están oprimidas por los hombres, como clase biológica.

Las raíces del feminismo TERF surgieron en los círculos feministas radicales de la década de 1970 cuando se hizo evidente que era necesario un término para separar a las feministas radicales que apoyan a las mujeres trans de las que no lo hacen. En 1979, la feminista Janice Raymond, profesora de la Universidad de Massachusetts, escribió el trabajo que define el movimiento TERF, Transsexual Empire: The Making of the Shemale (que hoy en día se lee como un discurso de odio) en el que sostenía que el “transexualismo” debería tener “un mandato moral para su desaparición”, principalmente restringiendo el acceso a la transición, una posición política compartida por la administración Trump, casualmente.

En el centro de la transmisoginia TERF, las mujeres trans son “impostoras”, quieren reemplazar a las mujeres cisgénero, y juegan con el estándar ideal de feminidad para ser consideradas “mejores” que las mujeres cisgénero. Eso cuando no son vistas como “hombres con vestido” y pervertidos que quieren abusar de las mujeres cis en espacios vulnerables. Tal como escribe la española Kalinda Marín en este artículo, “La realidad es que el transgenerismo acosa, amenaza y ataca a mujeres transexuales, y a mujeres lesbianas y feministas”, simplemente porque no hay operación de reafirmación de género de por medio, uno de los muchos mitos transfóbicos que este grupo perpetúa. Hay un pánico absoluto al pene de las mujeres trans.

La realidad es que las mujeres trans gastan una cantidad sobrehumana de tiempo, dinero y esfuerzo (las que pueden costearlo) en vestirse, comportarse y hacerse pasar por mujeres cisgénero para reducir la terrible disforia que conlleva vivir en un cuerpo que no se corresponde con quienes realmente son. El objetivo de las mujeres trans siempre ha sido vivir como lo hacen las mujeres cisgénero, sin ninguna preocupación externa, opinión o comportamiento intolerante con respecto a su identidad de género; no están tratando de “reemplazar” a las mujeres cis. Simplemente quieren vivir su vida en paz. Pero las mujeres trans también pagan un gran precio por vivir su verdad, enfrentando la violencia y el odio extremos, pero siempre han permanecido y siguen estando a la vanguardia de la resistencia interseccional contra la intolerancia.

Muchas de las integrantes del feminismo TERF insisten en que no son trans-exclusivas porque incluyen a los hombres trans en la categoría de mujeres (valga la pena destacar que incluir a las personas contra su voluntad en una categoría que rechazan no es lo que normalmente se entiende por inclusión), y que son simplemente “críticas de género”. Pero seamos honestas: todas las feministas son críticas de género muchas hablan de eliminar el concepto, otras de ampliar las categorías de lo que conocemos como género, y otras, quieren reformar la sociedad para que el concepto de género no tenga tanto peso.

En este caso, la “crítica de género” se relaciona más bien con el concepto ultraconservador de “ideología de género” (¿recuerdan el autobús?), que reniega, dependiendo a quien le preguntes, del lobby gay, de la hegemonía homosexual, de la sexualización infantil, y hasta del concepto de identidad de género, pues para ellas, el sexo asignado al nacer es igual al género. No muy crítico de género, la verdad… más bien conformista. Son, de alguna manera, esencialistas biológicas que claman por la abolición del patriarcado, los estereotipos y las instituciones que se basan en el mismo esencialismo biológico en el que creen. Isn’t it ironic? Muchas reafirman su posición con la frase “la biología no es intolerancia”, ignorando o tal vez olvidando selectivamente que la eugenesia y el racismo nacen de una errada creencia científica de que hay razas superiores a otras, tanto física como intelectualmente. El hecho es que para este sector “feminista”, solo las personas cis pueden identificarse como hombres o mujeres.

La realidad trans en números

Las pongo entre comillas en el párrafo pasado porque, con todo respeto, dudo en poner la etiqueta de feminista a cualquier punto de vista que se comprometa a empeorar la situación de algunas de las mujeres más marginadas en todo el maldito planeta. Y sí, estoy hablando de las mujeres trans. Un estudio realizado por la ONG Transrespect del año pasado, señala que en todo el mundo hubo un total de 3314 homicidios reportados de personas trans y género-diversas en 74 países; sin embargo, en su mayoría, los datos sobre violencia contra personas trans y género diversas no son sistemáticamente producidos y es imposible estimar el número exacto de casos, por lo que este número está siempre subestimado.

Un reporte de El País de noviembre del año pasado señalaba justamente que en lugares como Centroamérica y México, se han venido multiplicando los crímenes de odio contra mujeres trans: no es inusual encontrarlas degolladas, acribilladas, apuñaladas, estranguladas o lapidadas y abandonadas. Las autoridades casi nunca investigan ni esclarecen los casos, y mucho menos, penalizan a quienes cometen estos actos. Al final, muchas de ellas son vistas como maricones o putas sin familia o gente que las llore. Son un número más, deshumanizadas incluso tras su muerte. Solo grupos activistas se encargan de seguir sus casos y anotar sus nombres para que no queden en el olvido. Además, el riesgo de suicidio y de intentos de suicidio es aproximadamente tres veces mayor en este grupo en países occidentales.

Estas mujeres fueron asesinadas por conocidos, compañeros o extraños, algunos de los cuales han sido detenidos y acusados, mientras que otros aún no han sido identificados. Algunos de estos casos implican un claro sesgo antitrans; en otros, la condición de transgénero de la víctima puede haberla puesto en peligro de otras maneras, como obligándola a pasar al desempleo, la pobreza, la falta de vivienda y al trabajo sexual de supervivencia. Aunque los detalles de todos los casos difieren, está claro que la violencia fatal afecta desproporcionadamente a las mujeres trans de color, en particular a las mujeres negras, y que las intersecciones de racismo, sexismo, homofobia, bifobia, transfobia y más conspiran para privarlas de empleo, vivienda, atención médica y otras necesidades.

El feminismo no es exclusión

¿Cómo puede un movimiento que se llama feminista, entonces, parecer más una campaña de odio organizada contra una comunidad marginada? Ser mujer no tiene un checklist. No todas las mujeres tienen exactamente las mismas funciones biológicas — algunas no menstrúan, algunas no pueden tener hijos, algunas no tienen pechos. Si se trata de una experiencia vivida, entonces eso también falla; existe una sección de mujeres que no sufren acoso sexual y discriminación. Lo que unifica a las mujeres, tal vez, es que se sienten y saben que son mujeres y quieren vivir sus vidas como mujeres. En un ensayo para The New York Times, la profesora de filosofía de la Universidad de Massachussets, Carol Hay, cuenta que “cualquier intento de catalogar los puntos en común entre las mujeres… tiene el resultado ineludible de que hay alguna forma correcta de ser mujer”.

“Esto inevitablemente alentará y legitimará ciertas experiencias de género y desalentará y deslegitimará otras, reforzando y afianzando sutilmente precisamente esas fuerzas de socialización de las que las feministas dicen ser críticas. Y lo que es peor, inevitablemente dejará fuera a algunas personas. Significará que hay mujeres ‘reales’ por las que el feminismo debería preocuparse y que hay impostores que no reúnen los requisitos para la representación política feminista”.

Si hay algo que el feminismo nos ha enseñado durante décadas, es que definirlo es un desafío permanente, pero ningún feminismo que excluya a las mujeres más marginadas es interseccional, y cualquier feminismo que no sea interseccional es inválido — el feminismo TERF necesita entender una simple verdad: todas las mujeres trans son mujeres. Ninguna persona cis (y me incluyo entre ellas) tiene el derecho de asumirse con el poder de darle validez, respeto, dignidad, derechos humanos a las mujeres trans, pues los tienen simplemente por ser seres humanos. En las poderosas palabras de la actriz y activista Dominique Jackson, “No tienes el poder de aceptarme o tolerarme. Te lo quito. Vas a respetarme”.

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