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Art

Las luces náuticas para sobrevivir al apocalipsis de Alexander Azukar

Chíbolos: el futuro del Callao. Foto: Francisco Pizarro
Words Dano Mozó

Hasta el 7 de septiembre se está exhibiendo en la Galería Tokio de Lima la exposición Medios de supervivencia, transporte y navegación para una posible destrucción del artista chileno Alexander Azukar, reconocido en las calles por sus singulares rostros dibujados con sólo un trazo de spray.

Luego de su paso por Galería CIMA de Santiago el 2018, donde comienza a incorporar el neón como reemplazo del spray, y tras estar presente en exposiciones colectivas en 193 Gallery de París y Arcade Art Gallery en Taiwan, llegó a Perú a instalarse en el contexto de una residencia artística en el barrio del Callao, invitado por la curadora Asmara Miranda. De esto resultaron seis obras que plantean una reflexión sobre la precariedad de barrios extremos, estableciendo una mirada en torno a las expresiones del dinero y la justificación de su uso como recursos de supervivencia.

Las obras un flotador de 100 dólares y flotadores para niños de 50 dólares, son quizás las más evidentes en cuanto utilizan el dinero como material al estar fabricados con billetes de un dólar. Por un lado se muestran como un objeto usable al reproducirlo en la fotografía Chíbolos: el futuro del Callao de Francisco Pizarro, donde se ve un niño en posición de boxeo, a torso desnudo, vistiendo estos flotadores en analogía a la supervivencia ante el hundimiento. En el caso del otro flotador, al estar amarrado con luces de neón, lo distancia de su utilidad como recurso de salvación y lo resignifica en un objeto de adoración. 

La utilización de billetes en la construcción es un recurso que ha desarrollado anteriormente, como en la obra by 758 en la Galería Metropolitana, en Santiago, donde presentó un plato cuya comida era un cráneo humano relleno de pastas y billetes, con una marca Luksic, haciendo alusión a la venta de esta empresa en Perú.

El barco de papel es otra de las imágenes con las que aborda la relación entre transporte y salvación. Por un lado con la obra falso barco – barco falso, que consiste en una caja de acrílico azul donde deposita estos origamis plegados por niños del barrio. La convocatoria de estos niños consistió en instalar una mesa en la calle donde se ubica la galería, ofreciendo 1 sol por cada 10 barquitos plegados. Este acto de plegar papeles nace como una analogía a los papeles plegados que se utilizan para vender droga en distintas partes del mundo, que en el Callao recibe el nombre de “falso” y corresponde al paquete de cocaína de 10 soles. Una imagen inocente que es resultado de un acto de transacción en otra escala, una forma de introducción a los niños al sistema económico donde se recibe dinero a cambio de trabajo.

Y por otro lado se encuentra la obra barco de papel, que se presenta como ícono en el espacio expositivo, invitando a reflexionar sobre la fragilidad del papel con esta forma, que puede flotar, pero al cabo de un rato se desbarata y deshace. Esta obra se ubica en el camino de consolidación del trabajo con la luz, inspirado por su participación junto a Iván Navarro en París.

La obra más dura es 100 gramos de azúcar, un simulacro donde somete su propio cuerpo a esta extrema técnica de supervivencia económica. Ingiere 10 ovoides de azúcar fabricados con guantes quirúrgicos para ser registrados en una radiografía que exhibe como obra de arte. Esta técnica es utilizada por los “burreros” para transportar drogas entre países, con un alto nivel de mortalidad por intoxicación cuando se revientan. Este accidente le ocurrió al artista razón por la cual se ven sólo 9 ovoides en la imagen, situándonos en un escenario catastrófico si hubiese sido otra sustancia.

En esta exhibición, Alexander Azukar se acerca a un nuevo lenguaje propio que toma distancia del graffiti, y construye una experiencia a través del resultado del trabajo de residencia y en comunidad, en una reflexión en cuanto al valor del dinero como la bencina de un sistema que se encuentra en camino hacia la destrucción, tanto a nivel personal como global. El motor del mundo contemporáneo es el que nos puede ayudar, pero también nos puede hundir, ya sea por su ausencia o su exceso, que en esta exposición se manifiestan de manera recurrente tanto como imágenes, recuerdos o ejercicios de relación con la población vulnerable.

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