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Perspectives

Explotación, ilegalidad e inseguridad: Así es como las apps de delivery se sostienen sobre las espaldas de los inmigrantes

Algunos repartidores de Rappi en Colombia. Fotografía: Getty Images
Words Mirangie Alayon

En los últimos años y luego de la propagación de apps de servicios independientes como Über, la economía informal ha pasado a ser una transición a un proceso que muchos denominan Capitalismo de Plataforma, y que quizás hayas escuchado nombrar de manera menos académica como economía uberizada, gracias a plataformas como Uber Eats, Deliveroo, Rappi, Glovo, PedidosYa y muchas más que en Latinoamérica y España se han convertido en un boom por ofrecer una comodidad al usuario: no solo llevan comida a domicilio, sino que además entregan otros tipos de pedidos, todo a través de una aplicación en nuestro móvil.

Todos hemos utilizado alguna vez este tipo de servicio: incluso, el team de MOR.BO esta semana pidió unas hamburguesas a uno de estos servicios de delivery, solo para encontrarse que el repartidor se había perdido y llegó casi hora y media después… porque era un venezolano recién llegado que no conocía la ciudad.

La historia de este repartidor no es única: de hecho, son muchos los venezolanos que se encuentran trabajando en servicios como este en Iberoamérica, con la promesa de “ser sus propios jefes” y conseguir dinero rápidamente para poder mantenerse a su llegada a países como Colombia o España, pues la alternativa muchas veces es la mendicidad. Así lo cuenta “Javi” (un nombre cambiado para mantenerse en privacidad”, quien trabaja en Madrid para la compañía de delivery Glovo alquilando la cuenta de otro repartidor “legal”, quien le cobra el 30% de lo que gana (entre 3 y 5 euros por entrega) a cambio de poder trabajar ilegalmente:

“Hay gente que alquila su cuenta por horas a indocumentados que acaban de llegar. Yo mismo trabajé para alguien con papeles que me tendió la mano cuando vine. Se hacen pactos. Pero nadie lo reconocerá, porque está mal. Algunos acabamos de llegar. Si no tengo esto, ¿qué hago? Mucha gente se somete a esta explotación. Venimos de un sitio donde ir contra estas prácticas se castiga. Si encontrase algo mejor, aunque tuviera que prescindir de 200 euros, lo preferiría. Esto supone estar todo el día en la calle”.

A finales del año pasado, la historia del periodista argentino Emiliano Gullo para la Revista Anfibia se viralizó justamente porque vivió en su propia piel lo que significa ser repartidor para una de estas apps: durante 10 días trabajó para Rappi, y fue una experiencia brutal.

“En diez días entregué 40 pedidos; recorrí cerca de 250 kilómetros en bici, casi lo mismo que ir desde Buenos Aires a Rosario. Gané 2300 pesos que todavía no me depositaron. Si alguno de la empresa está leyendo esto, apuren que tengo que pagar Internet”.

En su crónica, Gullo describe que para agosto del 2018, Rappi ya tenía más de 12 trabajadores en Argentina “sin obra social, sin ART, ni vacaciones, ni seguro, ni beneficios de ningún tipo”, y que solo cadenas como WalMart tenían una cantidad similar de empleados. Sin embargo, “el CEO local de Rappi, Matías Casoy, dice que los rappintenderos no son trabajadores formales sino ‘microempresarios porque disponen de su tiempo’”.

Arriesgando la vida sobre una bicicleta

Una de las bicicletas de los "microempresarios" de Rappi luego de un accidente. Fotografía: Al Día
Una de las bicicletas de los “microempresarios” de Rappi luego de un accidente. Fotografía: Al Día

Bajo el lema de “ser tu propio jefe”, las compañías de apps se benefician del pago formal realizado por terceros (restaurantes, usuarios), haciendo que sus “microempresarios independientes” corran con los gastos de todos los instrumentos de trabajo, sin ningún tipo de beneficio social o de la más básica seguridad: de hecho, el pasado mes de abril, un juzgado de Buenos Aires impidió la circulación de estos repartidores en bicicleta hasta que las compañías cumplieran con las disposiciones legales vigentes.

Es decir: la utilización de casco, de luces reglamentarias, y en caso de llevar caja portaobjetos, que la misma se encuentre asegurada al vehículo y no como un morral en la espalda, así como existencia de seguro y de libreta sanitaria en caso de transporte de sustancias alimenticias. Luego de que la policía comenzara a sacarlos de circulación, se descubrió que el 77% circulaba con el portaobjetos cargado en su espalda; el 70% desempeñaba tareas sin seguro alguno; y por último, un 67% circulaba sin casco.

De hecho, 25 repartidores sufrieron accidentes en la vía de Buenos Aires, e incluso uno falleció: su nombre era Ramiro Cayola, un boliviano de 20 años que trabajaba como repartidor de Rappi, y cuyo celular aún seguía recibiendo pedidos cuando encontraron su cuerpo en la vía publica. En una investigación realizada por AFP, la situación es igual de grave en Colombia, en donde la aplicación Rappi es motivo de orgullo y de preocupación, pues con más de 100.000 las personas que trabajan como rappintenderos sin ningún tipo de seguridad laboral.

“Para Rappi no somos empleados, no firmamos ningún tipo de contrato. No tenemos prestaciones, no tenemos ni salud, ni pensiones. Nada”, asegura Kevin Ardila, vocero de los rappitenderos en Colombia. Y tiene razón: los representantes de la empresa señalan en el reportaje que sencillamente son “personas independientes” que buscan “ingresos extra para hacer realidad sus proyectos personales y profesionales”.

¿Dónde están los derechos de los trabajadores?

Repartidor de Rappi y Glovo en Argentina. Fotografía: Urgente24
Repartidor de Rappi y Glovo en Argentina. Fotografía: Urgente24

Y es allí donde radica el problema de este trabajo informal, tal como explica el periodista argentino Martín Fiódor en un artículo sobre cómo la “economía unberizada” está modificando al capitalismo del siglo 21:

“Aplicaciones como Rappi , OGlovo o PedidoYa tienen mecanismos de contratación que son enormemente abusivos para el trabajador y que a diferencia de los ya existentes mecanismos de explotación del área de servicios (como los call centers, por ejemplo, en donde el headset y computadora son provistos por la empresa), cuentan con la desventaja de que la bicicleta (que es la herramienta fundamental para la realización del trabajo) la pone el propio trabajador, así como también el costo por reparaciones y desgaste de la misma (en Rappi ni siquiera te dan la caja para llevar los pedidos, los empleados la tienen que alquilar y cualquier daño a la caja debe ser pagado por el empleado). Lo mismo sucede con Uber, en donde uno pone su propio automóvil al servicio de una empresa que sólo recibe dinero del pago de la licencia que hace cada usuario”.

Jonathan Moed, colaborador de Forbes y experto en startups coincide con la aseveración, afirmando que la popularidad de estas aplicaciones en la región se basa en “la convergencia de varios factores entre los que se incluyen la desigualdad económica, una deficiente infraestructura de transporte y tecnología mejorada”, haciendo que en la mayoría de los casos, estas compañías se beneficien de la población más vulnerable: los inmigrantes.

Sin embargo, además de Argentina, ya hay algunos gobiernos monitoreando la situación de cerca: el viceministro del trabajo de Colombia, Carlos Alberto Baena, cuenta que los repartidores están completamente desprotegidos, y que hay que buscar mecanismos para protegerlos “frente a riesgos y accidentes”, para después enfocarse en temas de salud y pensiones.

En Chile, los diputados del partido Revolución Democrática, Giorgio Jackson y Maite Orsini, han establecido una campaña llamada #MiJefeEsUnaApp que esperan convertir en un proyecto de ley que regule las jornadas laborales, la seguridad, el trato y el pago a este tipo de trabajadores. De acuerdo con una encuesta que realizaron a más de 900 trabajadores de aplicaciones de entrega de servicios y plataformas digitales, los resultados arrojaron una “explotación encubierta” con urgencia de regular. “Muchas personas respondieron espontáneamente que se sentían ‘esclavos’ de estas aplicaciones al trabajar sin ningún tipo de regulación”.

Pese a las buenas intenciones, esta nueva economía uberizada parece estar tomando el control de las poblaciones más numerosas en el continente, sin promesas de una verdadera regulación en el corto plazo. ¿Cuál es la solución entonces? Podríamos decir que planes de empleo y una vía para la rápida legalización de estos inmigrantes, para que se les permita el acceso a trabajos dignos que no dependan de la voluntad de una app. Mientras tanto, nunca está de más recordar que nuestra propina para estos repartidores puede significar su mera subsistencia.

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