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Perspectives

Editorial: La indiferencia, la violencia y las víctimas sin rostro

Fotografía: Embajada de Estados Unidos en Wellington
Words mor.bo

De hace un tiempo para acá, el terrorismo y los actos de odio se han vuelto en algo cotidiano, de todos los días. Por un lado bombardean a una escuela palestina, y lo vemos en televisión o lo leemos por Internet, con un shock que dura un momento. Al día siguiente, alguien con un arma de alto calibre asesina a un grupo de personas sin razón, y de nuevo nos decimos que el mundo se está volviendo una mierda. A veces es una explosión. O una sencilla desaparición. Y la sorpresa cada vez dura menos. Comenzamos a ver a las víctimas como un número, una idea abstracta, como algo que pasa en un universo paralelo y alejado de nosotros y de nuestra realidad.

El fin de semana pasado, un hombre con un rifle automático arremetió contra un local nocturno gay en Orlando. Mató a más de 50 personas y dejó heridas a medio centenar más. El domingo en la mañana las redes sociales estaban llenas de banderas multicolor y muestras de solidaridad, como siempre. Pero, ¿cuántos van a recordar esta noticia en unas semanas? La violencia nos ha vuelto insensibles, indiferentes. No importa cuántas víctimas sean, todas al final se vuelven una estadística sin rostro. ¿Cuántas personas necesitan morir sin necesidad para que las recordemos?

Con estas muertes, los silencios crecen, y las historias quedan sin punto final. Las vidas de todos estos miembros de la comunidad LGBT+ quedan suspendidas en el olvido colectivo, en especial cuando tantos de ellos viven una existencia paralela para que la sociedad los acepte. Hay muchos: el chico joven que está comenzando a descubrir su verdadera sexualidad y que teme el rechazo de su padre machista; esas buenas, buenísimas amigas que nadie sabe que siempre han sido algo más; esa persona que sólo se siente cómoda revelando su verdadera identidad de género sobre la pista y bajo las luces, y hasta esa mujer trans que la gente insulta por la calle que se convierte en una reina por las noches.

¿Quiénes eran? ¿De dónde eran? ¿A quiénes amaban? ¿Con qué soñaban? No lo sabremos. Pues la crueldad del ciclo noticioso los disuelve en nuestra memoria para ser reemplazados por nuevas víctimas de nuevos horrores en nuevos lugares, que lamentaremos con un tweet y una etiqueta que olvidaremos en un ciclo inhumano sin final, en el que ya no somos personas, sino cifras. Donde las lágrimas sólo existen en los ojos de las personas que enfoca una cámara.

Hoy, queremos recordar nuestra humanidad y todo aquello que nos hace acelerar el pulso con alegría o con dolor. Queremos vernos a los ojos y reconocernos en el otro, aceptar su valor, sus luchas, su valentía y sacrificios. Queremos que las historias sigan contándose y que nuestras diferencias nos enriquezcan.

Que siempre haya un lugar donde podamos ser nosotros mismos, sin miedo y sin máscaras.

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