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Film / TV Perspectives

“Chernobyl”, la joya brutal, dramática y necesaria de HBO

"Chernobyl". Fotografía: HBO
Words Mirangie Alayon

Mientras la mayoría de los amantes de la televisión aún discuten la polémica temporada final de Game Of Thrones y si tuvo el cierre que muchos esperaban, HBO ha estado compartiendo de manera discreta y elegante desde hace un mes uno de sus ases bajo la manga para este año: la miniserie Chernobyl, que con tan solo cuatro capítulos y aún sin finalizar (ese episodio se transmite esta noche), se ha convertido en una de las series mejor valoradas de toda la historia, ubicándose entre hitos televisivos como Planet Earth, Breaking Bad o The Wire con una puntuación casi perfecta de 9,7 sobre 10 en IMDB.

En las semanas desde que la serie debutó, las búsquedas de Google sobre el desastre nuclear se han multiplicado, y es por ello que en el últimos mes muchos medios se han decidido a darle un nuevo vistazo a los eventos acontecidos en el año 1986, y que ha servido como un recordatorio de los fantasmas del pasado, de la guerra fría y de la caída Unión Soviética. También han salido a relucir los detractores: mientras The Moscow Times considera que la serie debió hacerse en Rusia sin la visión occidental “ensuciando” los hechos, una crítica de RT la llama “falsa” por tener un elenco británico y no usar a actores rusos con subtítulos como The Americans.

La serie, creada, producida, y por Craig Mazin, dramatiza en cinco capítulos los eventos ocurridos en la central nuclear de Chernobyl, una catástrofe nuclear de nivel 7 que lanzó siete toneladas de combustible nuclear a la atmósfera (en comparación, Hiroshima y Nagasaki usaron alrededor de un kilo de material nuclear cada una). Si bien es cierto que la radiación invisible y la propaganda soviética no son temas fáciles de dramatizar, Chernobyl utiliza nuestro desconocimiento occidental sobre lo ocurrido para lograr un intenso drama, convirtiendo el desastre, la negación y la desidia del aparato político soviético y el sacrificio de miles de rusos sin nombre en un horror profundamente humano de combustión lenta.

En Chernobyl, Jared Harris (Mad Men, The Terror) interpreta al científico Valery Legasov, el experto en la comisión formada para manejar el desastre. Su antagonista es Stellan Skarsgård como Boris Shcherbina, vicepresidente del Consejo de Ministros y el líder de dicha comisión, mientras Emily Watson trae a la vida a Ulana Khomyuk, una física nuclear de Minsk, un personaje compuesto ficticio que representa a los “innumerables científicos que trabajaron sin miedo y se pusieron en peligro para ayudar a resolver la situación” desde el mismo lugar de los acontecimientos, como explica ella misma.

La mayor parte de la serie se lleva a cabo a medida que se desarrolla el incidente de Chernobyl: el primer episodio es una historia casi en tiempo real, en donde nos encontramos con con el terror de no tener control en medio de una catástrofe sin precedentes, una en donde tanto los personajes de la serie como nosotros, como espectadores, parecemos estar a merced de una burocracia que no tiene idea del desastre a que se enfrenta, pues la posición oficial del partido de gobierno en la URSS era simplemente, “en la Unión Soviética no pueden ocurrir desastres de este tipo”.

Es desesperante ver cómo la radiación se expande mientras los oficiales gubernamentales buscan negarlo todo para proteger la imagen del país como potencia socialista mundial: incluso, se niegan a pedir ayuda a otros países, pues hacerlo significaría reconocer la escala del desastre. En medio de la tensión, las mentiras y la búsqueda de una solución que cada vez se hace más imposible, bomberos, mineros y miles de voluntarios se ofrecen a controlar el incidente y dando sus vidas a cambio de proteger al resto del país y del planeta.

En los cuatro episodios que ya hemos visto, presenciamos de cerca el devastador efecto del incidente en los trabajadores de la planta y en los cuerpos de los bomberos que intentaron apagar el “incendio”; en el nacimiento de una niña que solo respiró por cuatro horas, y en los escuadrones de la muerte que debieron acabar con todos los animales vivientes de la ciudad de Pripyat con disparos a quemarropa antes de que esparcieran aún más la radiación.

Además, es visualmente impactante: las escenas de trabajadores de la planta caminando hacia el núcleo del reactor son un homenaje al director Andrei Tarkovsky con escenas de acción lenta y cargadas que recuerdan al trabajo de este maestro. Toma tras toma, el director Johan Renck crea una atmósfera de horror psicológico perfecta: pájaros y helicópteros cayendo del cielo, partículas invisibles viajando por el continente europeo, envenenando el suelo entre las dos capitales eslavas orientales de Kiev y Minsk, y más allá.

A pesar del horror que experimentamos junto a los protagonistas, el ambiente de la serie también es evocador del momento político que vivía la Unión Soviética, y de cómo muchos vivían con la esperanza y la necesidad (muy humana, por demás) de no ser responsables del mayor accidente nuclear del mundo. Sin embargo, como cuenta el dicho, la mentira tiene patas cortas, y el último episodio promete develar a través del personaje de Valery Legasov todo lo ocurrido al resto del mundo.

Puede que muchos terminen viendo a Chernobyl como una crítica de un estado soviético incapaz de enfrentarse a una crisis como esta; pero quizás sirva como una advertencia sobre el cambio climático, y cómo seguimos negándonos a su existencia. Su verdadero poder es hacer una narración histórica desde desde un punto de vista humano: es una historia que cambia nuestros paradigmas y altera nuestra realidad, recordándonos que el mundo que conocemos es frágil y delicada, y que en cualquier momento las costuras que lo mantienen en pie podrían desgarrarse sin que podamos hacer nada al respecto. Chernobyl no es sólo excelente televisión; es una serie que se nos mete bajo la piel como radiación invisible, y que demuestra que la verdad nunca puede esconderse.

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